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jueves, 21 de enero de 2016
La corporalidad entendida desde la fe
¡No a todo!
Esa sería la respuesta de un sacerdote, ante la pregunta anhelante de una madre de familia cristiana que se siente interpelada por su propio cuerpo.
Difícil interrogante este de las relaciones sexuales entre los cristianos.
La sexualidad es un elemento imprescindible en el relato de la ordenación amorosa de un matrimonio santificado por Dios.
Evidentemente, dista mucho este tipo de relación de cualesquiera otra, sin menosprecio, ni mucho menos, por las demás.
Pero el sentido del amor cristiano incorpora matices que de ningún modo están presentes en la comunión de una pareja que no haya sido bendecida por el sacramento del amor en Dios.
Para empezar hay que encuadrarlo en el marco de la castidad, que no es lo mismo que continencia, sino antes bien, dirección y orden. En segundo lugar, en todo momento, la entrega mutua exige el respeto y la consideración hacia el otro, la empatía, el lugar común que es el sacramento. Uno no va a desahogarse sino a construir un vínculo pleno, lleno de generosidad y desprendimiento. Por último, en la entrega uno se dona a sí mismo y se despreocupa de todo lo demás. No busca compensación, no hay recompensa. Carece de sentido dar con el propósito de recibir; das porque quieres, porque te nace de dentro, sin egoísmos, sin reticencias.
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