Ese que emborracha. Que no se aleja con la ausencia, sino que embelesa en la distancia, cobrando forma y hondura.
Ese que acompaña, que entretiene, que duele, de cuando en cuando, pero al que no renunciaríamos por nada.
Ese que aun en la traición, en el olvido, vuelve, fortalecido, cual retoño cada primavera.
Ese que no cansa, no agota, nunca atormenta.
Un amor divino. Un amor, vivido desde lo hondo de uno mismo.
Porque aun queda el amor permanente, incluso tras la muerte.
Mas no es un amor prohibido, ni desgastado ni tampoco mancillado por la disputa o el rencor.
Es un amor vivo, presente, urgente, voluntarioso. Que se ejerce con la mirada, la palabra, la caricia del alma.
Un amor siempre joven, siempre ardiente; Único y maravilloso.
Físico y trascendente al mismo tiempo; Sin ser sensible, materialmente. Toca tus sentidos y te emociona.
No hablo de algo abstracto e imposible. Al contrario, hablo de la esencia del amor verdadero. El amor que llena y plenifica; Centrado en los momentos, los detalles, los ritos, los gestos, los susurros.
Al alcance de cualquiera, si superas la barrera del miedo, del qué dirán y de lo sensible. No es un amor sexual, pero sí erótico. Porque cautiva, exalta la imaginación. Pero no actúa, no ataca, no aborda la piel. Se queda fijo en la presencia, el diálogo y la escucha atenta a la necesidad del otro.
Es un amor de entrega total y absolutamente.
La entrega del alma.
Licencia de uso

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martes, 29 de noviembre de 2016
miércoles, 12 de octubre de 2016
El amor a los hijos
Pocas veces preguntamos a una madre, ¿quieres a tus hijos?
Aún con menor frecuencia nos planteamos: ¿Por qué hay que amarlos?
¿Se les ama desde el momento en que nacen?
A veces somos testigos de una escena que nos desagrada por completo, por ejemplo; vemos a nuestro hijo pegar a su hermana y/o viceversa; o bien contemplamos pequeños actos de egoísmo o envidia. ¿Podríamos sin embargo afirmar que su conducta influye en nuestra manera de amarlos?.
Más interrogantes:
¿Aman los hijos siempre a los padres?
¿Afecta la conducta de los padres en el amor y sobre todo, el modo que tienen los hijos de expresar sus sentimientos?
Seguimos: Padres y madres, ¿aman igual?
¿Cómo afecta ese amor a la relación entre la pareja?
Necesitamos meditar largamente acerca de estas inquietudes;
Pongamos un ejemplo;
Imagínate que tu pareja te obliga a elegir, entre él y tus hijos,(quizás no sea él su padre biológico, quizá sí, ¿importa mucho este dato?). Si esto sucede, es que sencillamente, por mucho que te duela, no te quiere realmente, al menos, no te quiere con tu realidad, con lo que tú eres. Ya que el amor de una madre por sus hijos, por lo general, es incuestionable.
Esa madre que elige sufre, porque se siente dividida, mermada, forzada a vivir en una contradicción, entre el instinto-corazón y la razón.
¿Cómo describir el amor de una madre hacia sus hijos?
Este tipo de amor, exige más responsabilidad, mayor compromiso, generosidad y altruismo que otros.
Valores que nos garantizan el crecimiento y desarrollo sano de nuestros vástagos, cuando los padres los ejercitan y aplican, al cuidado de los mismos.
Implica sacrificio, porque no se puede con todo,- ni falta que hace-. ¿Para qué ese afán de estar en todo, participar en todo y ser el mejor en todo?¿será que nos pesa más nuestra imagen social que el valor de lo que hacemos?.
Hoy en día está prohibido ser mediocre en el trabajo, en el deporte, en la belleza, etc, en definitiva, en el escaparate social, pero ¿Y en el hogar? ¿Y en el trato a nuestros hijos o a nuestra pareja, ? ¿a nuestra familia?
A veces, asistimos "mudos" a situaciones de lo más perplejas: un padre que grita a su hijo porque ha tomado la iniciativa y está ayudando a su hermana en la elección del menú, le grita porque se levanta de la mesa para hablar con el camarero, sin pedir permiso; frente a otras , en que consentimos casi de todo, con tal de no llamar la atención en el supermercado, en la iglesia o en esa reunión importante en la que tenemos que quedar bien.
¿Por qué tanta hipocresía?
¿Adónde nos conduce todo esto?
Al vacío del corazón, la desesperanza y la "náusea" descrita ya por Sartre:
El amor verdadero exige siempre fidelidad, confianza y entrega.
Ellos -los hijos- aprenden eso de nosotros.
No los defraudemos, tengamos cuidado de no empobrecerlos más.
Su frágil corazón depende de nuestra atención, nuestro cuidado.
Un corazón roto, puede ser sanado por Dios,a expensas de que pida consuelo, pero tarda...
Ahora bien, podemos evitar cualquier dolor, ¿todo dolor? ¿acaso es conveniente?
¿no quiere el Señor purificarnos de nuestros egoísmos, a través, precisamente de la cruz personal que nos regala cada día, ante la, a veces, desagradable tarea de corregir a nuestros hijos?
Sin embargo, no por pura negligencia, no por pereza o ignorancia consentida, sino por puro sentido de nuestra responsabilidad, es por lo que hay que enseñarles, desde el amor, sí, pero también desde la firmeza.
Aún con menor frecuencia nos planteamos: ¿Por qué hay que amarlos?
¿Se les ama desde el momento en que nacen?
A veces somos testigos de una escena que nos desagrada por completo, por ejemplo; vemos a nuestro hijo pegar a su hermana y/o viceversa; o bien contemplamos pequeños actos de egoísmo o envidia. ¿Podríamos sin embargo afirmar que su conducta influye en nuestra manera de amarlos?.
Más interrogantes:
¿Aman los hijos siempre a los padres?
¿Afecta la conducta de los padres en el amor y sobre todo, el modo que tienen los hijos de expresar sus sentimientos?
Seguimos: Padres y madres, ¿aman igual?
¿Cómo afecta ese amor a la relación entre la pareja?
Necesitamos meditar largamente acerca de estas inquietudes;
Pongamos un ejemplo;
Imagínate que tu pareja te obliga a elegir, entre él y tus hijos,(quizás no sea él su padre biológico, quizá sí, ¿importa mucho este dato?). Si esto sucede, es que sencillamente, por mucho que te duela, no te quiere realmente, al menos, no te quiere con tu realidad, con lo que tú eres. Ya que el amor de una madre por sus hijos, por lo general, es incuestionable.
Esa madre que elige sufre, porque se siente dividida, mermada, forzada a vivir en una contradicción, entre el instinto-corazón y la razón.
¿Cómo describir el amor de una madre hacia sus hijos?
Este tipo de amor, exige más responsabilidad, mayor compromiso, generosidad y altruismo que otros.
Valores que nos garantizan el crecimiento y desarrollo sano de nuestros vástagos, cuando los padres los ejercitan y aplican, al cuidado de los mismos.
Implica sacrificio, porque no se puede con todo,- ni falta que hace-. ¿Para qué ese afán de estar en todo, participar en todo y ser el mejor en todo?¿será que nos pesa más nuestra imagen social que el valor de lo que hacemos?.
Hoy en día está prohibido ser mediocre en el trabajo, en el deporte, en la belleza, etc, en definitiva, en el escaparate social, pero ¿Y en el hogar? ¿Y en el trato a nuestros hijos o a nuestra pareja, ? ¿a nuestra familia?
A veces, asistimos "mudos" a situaciones de lo más perplejas: un padre que grita a su hijo porque ha tomado la iniciativa y está ayudando a su hermana en la elección del menú, le grita porque se levanta de la mesa para hablar con el camarero, sin pedir permiso; frente a otras , en que consentimos casi de todo, con tal de no llamar la atención en el supermercado, en la iglesia o en esa reunión importante en la que tenemos que quedar bien.
¿Por qué tanta hipocresía?
¿Adónde nos conduce todo esto?
Al vacío del corazón, la desesperanza y la "náusea" descrita ya por Sartre:
El amor verdadero exige siempre fidelidad, confianza y entrega.
Ellos -los hijos- aprenden eso de nosotros.
No los defraudemos, tengamos cuidado de no empobrecerlos más.
Su frágil corazón depende de nuestra atención, nuestro cuidado.
Un corazón roto, puede ser sanado por Dios,a expensas de que pida consuelo, pero tarda...
Ahora bien, podemos evitar cualquier dolor, ¿todo dolor? ¿acaso es conveniente?
¿no quiere el Señor purificarnos de nuestros egoísmos, a través, precisamente de la cruz personal que nos regala cada día, ante la, a veces, desagradable tarea de corregir a nuestros hijos?
Sin embargo, no por pura negligencia, no por pereza o ignorancia consentida, sino por puro sentido de nuestra responsabilidad, es por lo que hay que enseñarles, desde el amor, sí, pero también desde la firmeza.
miércoles, 8 de junio de 2016
Amor líquido
Noción que desarrolla el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en su obra Amor líquido. Expone muy acertadamente la fragilidad de los vínculos humanos; Describe el tipo de relaciones interpersonales que se desarrollan en la posmodernidad. Éstas, según el autor, están caracterizadas por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso. Aunque el concepto suela usarse para las relaciones basadas en el amor romántico, Bauman también desarrolla el concepto para hablar en general de la liquidez del amor al prójimo.
Extraído de la Wikipedia.
Me viene a la cabeza una canción española muy conocida de Nek; Prototipo de amor líquido actual reflejado en la letra.
"Laura no está, Laura se fue .....
Laura se escapa de mi vida ...
Laura no está, eso lo sé y no la encontraré en tu piel
.....
Y si te como a besos, tal vez la noche sea mas corta, no lo se
yo solo no me basto, quédate, y lléname su espacio, quédate, quédate.
....
Pero, ¿por qué llamamos a esto amor? ¿Qué tiene que ver con él?
La razón crítica y práctica más kantiana, y no digamos el amor entendido desde el cristianismo, nos señala de forma radical que el amor es otra cosa.
Sin embargo, cada vez más, incluso entre los partidarios de la recuperación e integración de la Ética en mayúsculas en la vida ordinaria, optamos con mayor facilidad por un sucedáneo descafeinado del amor.
Esta ruptura a veces inconsciente, resta validez e inconsistencia a las relaciones humanas, precarias ya de por sí y difíciles.
¿De qué echar mano? ¿De la fe? ¿De la filosofía?
Volviendo a Sócrates, "Quien conoce el bien, hace el bien"·.
¿Quién sabe lo que significa esta frase, hoy en día?
Desde luego, que los adolescentes no, pero ¿acaso los adultos?
¡¿Puede alguien responder!?
Concluyendo, el triunfo del relativismo a todos los niveles ha generado un nuevo concepto de relación amorosa, basada más bien en el intercambio de "fluidos" que en la responsabilidad y el compromiso: =Horizonte diluido de la entrega parcial y sesgada; Sexo de una noche de verano.
jueves, 5 de mayo de 2016
La sexualidad en una pareja cristiana
¿¿¿Qué se puede y qué no, hacer en el seno de una relación de pareja cristiana, cimentada en el amor de Dios y santificada por el sacramento del matrimonio????
Experiencias desde el matrimonio cristiano
Planteamos las siguientes cuestiones:
¿Cuándo y por qué podemos considerar pecado la realización de determinadas prácticas: por ejemplo sexo oral, acto sexual que evita la procreación, goce a través de la masturbación mutua?
¿Qué agrada a Dios y que no, al respecto de un encuentro personal entre dos personas que se aman?
¿Ha de ser exclusivamente ésta con vistas a la procreación?
¿Quiere el Señor que una pareja enamorada no goce en su encuentro?
¿Para qué nos da Dios entonces, los centros del placer ubicados en toda la anatomía física del hombre y la mujer?
¿Es el erotismo y/o la seducción consciente fuente de pecado?
Interrogantes que difícilmente encuentran una respuesta unánime.
Dice San Juan en el Evangelio, que al final y a la postre Dios sólo nos va a pedir cuentas del amor, de cuánto hemos amado al prójimo. De cómo y cuántas veces hemos sido capaces de renunciar a nuestro egoísmo. Si nuestra entrega ha sido y es perfecta, sin reservas, si en verdad hemos perdonado los errores del otro y los nuestros propios. Si, en definitiva somos capaces de darnos a nuestro compañero en lo bueno y en lo malo, en la alegría y el sufrimiento, en el goce y en la decepción, .....
Este escrito de opinión no es una defensa del libertinaje, no es un "ancha es Castilla", sino un intento de mirar hacia adentro y ver cuál es la intención real, auténtica, que ponemos en el encuentro con la pareja. ¿Cuál es el fin? ¿Qué perseguimos con ello? Y sobre todo, si estamos amando de verdad.
Queda abierto el debate inmanente, la mirada incisiva hacia nosotros mismos, aquélla que rehuimos con tanta facilidad, porque nos da miedo contemplar nuestro infierno personal.
La pregunta clave es: ¿Adónde se fue el amor? o bien, ¿Cuánto amor hay en esto que estoy haciendo?
Tranquilos/as no hay que responder de inmediato, sino tras el análisis.
Hace falta más filosofía, acerca de todas las cuestiones. Pero también más fe.
Un matrimonio cristiano ha de recorrer a diario estos senderos, a cada paso, a cada suceso, a cada realidad, a cada cambio, ha de retrotraerse después, despacio, con calma, enfrentando las cuestiones y preguntas que le salen al paso, examinándolas en conciencia, buscando humildemente la respuesta a cada una de ellas, con honestidad, con hondura, con amor.
Podría darse el caso de que llegara a darse a sí mismo esta respuesta: Si amo, adelante. Si no, mejor dejarlo.
Pero también quizás la consulta de un sacerdote, que les oriente resuelva la confusión.
Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia está más preparada que nunca, gracias al enorme trabajo de Juan Pablo II, para ayudar y aconsejar a las parejas católicas en esa búsqueda enfocada a la satisfacción desde la entrega.
Experiencias desde el matrimonio cristiano
Planteamos las siguientes cuestiones:
¿Cuándo y por qué podemos considerar pecado la realización de determinadas prácticas: por ejemplo sexo oral, acto sexual que evita la procreación, goce a través de la masturbación mutua?
¿Qué agrada a Dios y que no, al respecto de un encuentro personal entre dos personas que se aman?
¿Ha de ser exclusivamente ésta con vistas a la procreación?
¿Quiere el Señor que una pareja enamorada no goce en su encuentro?
¿Para qué nos da Dios entonces, los centros del placer ubicados en toda la anatomía física del hombre y la mujer?
¿Es el erotismo y/o la seducción consciente fuente de pecado?
Interrogantes que difícilmente encuentran una respuesta unánime.
Dice San Juan en el Evangelio, que al final y a la postre Dios sólo nos va a pedir cuentas del amor, de cuánto hemos amado al prójimo. De cómo y cuántas veces hemos sido capaces de renunciar a nuestro egoísmo. Si nuestra entrega ha sido y es perfecta, sin reservas, si en verdad hemos perdonado los errores del otro y los nuestros propios. Si, en definitiva somos capaces de darnos a nuestro compañero en lo bueno y en lo malo, en la alegría y el sufrimiento, en el goce y en la decepción, .....
Este escrito de opinión no es una defensa del libertinaje, no es un "ancha es Castilla", sino un intento de mirar hacia adentro y ver cuál es la intención real, auténtica, que ponemos en el encuentro con la pareja. ¿Cuál es el fin? ¿Qué perseguimos con ello? Y sobre todo, si estamos amando de verdad.
Queda abierto el debate inmanente, la mirada incisiva hacia nosotros mismos, aquélla que rehuimos con tanta facilidad, porque nos da miedo contemplar nuestro infierno personal.
La pregunta clave es: ¿Adónde se fue el amor? o bien, ¿Cuánto amor hay en esto que estoy haciendo?
Tranquilos/as no hay que responder de inmediato, sino tras el análisis.
Hace falta más filosofía, acerca de todas las cuestiones. Pero también más fe.
Un matrimonio cristiano ha de recorrer a diario estos senderos, a cada paso, a cada suceso, a cada realidad, a cada cambio, ha de retrotraerse después, despacio, con calma, enfrentando las cuestiones y preguntas que le salen al paso, examinándolas en conciencia, buscando humildemente la respuesta a cada una de ellas, con honestidad, con hondura, con amor.
Podría darse el caso de que llegara a darse a sí mismo esta respuesta: Si amo, adelante. Si no, mejor dejarlo.
Pero también quizás la consulta de un sacerdote, que les oriente resuelva la confusión.
Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia está más preparada que nunca, gracias al enorme trabajo de Juan Pablo II, para ayudar y aconsejar a las parejas católicas en esa búsqueda enfocada a la satisfacción desde la entrega.
domingo, 13 de marzo de 2016
El amor de Dios
¿Cómo nos ama Dios?
Su oblación es tan grande, que entregó a su único Hijo , Jesucristo, - por amor - para devolver a la vida a todo ser humano, condenado a la muerte, tras el pecado original.
Tal es lo que nos cuenta la Biblia acerca del amor de Dios, mas ¿quién lo ha experimentado alguna vez? y sobre todo, ¿qué se siente una vez vivido semejante acontecimiento?
A las puertas de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, me viene a la cabeza las palabras escuchadas un día cualquiera en la iglesia a la que pertenezco: "El hombre tiene hambre y sed del amor de Dios".
Cierto, lo cual hace casi ridículo el anhelo y ansía de cualquier otra cosa.
Quien siente sobre sí la mirada profunda de Dios, pierde todos los miedos, se desvanecen todos los deseos, comprendiendo, como San Pablo, que sólo hay una sola cosa importante en el mundo, en la vida de todo ser, a saber, alcanzar esa meta, lograr el perdón, y reunirse con el abrazo amoroso del Padre.
Su amor es omniabarcante, omnipresente, absoluto, calmo, denso, pleno, suave, como una corriente continua que te inunda el pecho, anestesiando cualquier sufrimiento, cualquier lamento.
El amor de Dios es rotundo, invencible.
Quizás lo hayas sentido alguna vez, sin saber, sin comprender, sin estar preparado para ello.
Deja que fluya en tu alma y te llegará la paz.
Su oblación es tan grande, que entregó a su único Hijo , Jesucristo, - por amor - para devolver a la vida a todo ser humano, condenado a la muerte, tras el pecado original.
Tal es lo que nos cuenta la Biblia acerca del amor de Dios, mas ¿quién lo ha experimentado alguna vez? y sobre todo, ¿qué se siente una vez vivido semejante acontecimiento?
A las puertas de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, me viene a la cabeza las palabras escuchadas un día cualquiera en la iglesia a la que pertenezco: "El hombre tiene hambre y sed del amor de Dios".
Cierto, lo cual hace casi ridículo el anhelo y ansía de cualquier otra cosa.
Quien siente sobre sí la mirada profunda de Dios, pierde todos los miedos, se desvanecen todos los deseos, comprendiendo, como San Pablo, que sólo hay una sola cosa importante en el mundo, en la vida de todo ser, a saber, alcanzar esa meta, lograr el perdón, y reunirse con el abrazo amoroso del Padre.
Su amor es omniabarcante, omnipresente, absoluto, calmo, denso, pleno, suave, como una corriente continua que te inunda el pecho, anestesiando cualquier sufrimiento, cualquier lamento.
El amor de Dios es rotundo, invencible.
Quizás lo hayas sentido alguna vez, sin saber, sin comprender, sin estar preparado para ello.
Deja que fluya en tu alma y te llegará la paz.
viernes, 5 de febrero de 2016
Amor cristiano
Semejante al amor divino.
Similar al modo y manera cómo Cristo nos amó y nos ama.
El que lo entrega todo, no entrega su cuerpo, sino hasta el final. Cuando el sacramento del matrimonio sella esa unión con el Espíritu de Dios.
¡Qué contrariedad!
Símbolo de la antítesis a la vivencia general del amor-carne, propio de la actualidad.
¡Vaya despropósito!
¡Cuánto sacrificio!" ¿Para qué?
Así es Dios, amigos; El no nos pide que entremos al cielo por la puerta ancha, sino por la estrecha.
El camino a recorrer implica contención, voluntad, (aguantarse las ganas).
Resumiendo, honestidad.
Hay que ser muy honesto, y estar muy seguro de lo que se quiere, de a quién se quiere y por qué.
¿Qué es lo que anhela tu corazón? ¿Te lo has preguntado, alguna vez?
¿Sexo? ¿cariño? ¿mitigar la soledad?
No ricemos el rizo, seamos consecuentes con nuestros principios, nuestra ideas, nuestros ideales; No hay que darle más vueltas.
Es muy fácil, seamos capaces de ponernos en el lugar del otro. Como hizo Jesús.
Cuesta, pero vale la pena alcanzarlo.
Quien logra ese amor, lo tiene todo.
jueves, 21 de enero de 2016
La corporalidad entendida desde la fe
¡No a todo!
Esa sería la respuesta de un sacerdote, ante la pregunta anhelante de una madre de familia cristiana que se siente interpelada por su propio cuerpo.
Difícil interrogante este de las relaciones sexuales entre los cristianos.
La sexualidad es un elemento imprescindible en el relato de la ordenación amorosa de un matrimonio santificado por Dios.
Evidentemente, dista mucho este tipo de relación de cualesquiera otra, sin menosprecio, ni mucho menos, por las demás.
Pero el sentido del amor cristiano incorpora matices que de ningún modo están presentes en la comunión de una pareja que no haya sido bendecida por el sacramento del amor en Dios.
Para empezar hay que encuadrarlo en el marco de la castidad, que no es lo mismo que continencia, sino antes bien, dirección y orden. En segundo lugar, en todo momento, la entrega mutua exige el respeto y la consideración hacia el otro, la empatía, el lugar común que es el sacramento. Uno no va a desahogarse sino a construir un vínculo pleno, lleno de generosidad y desprendimiento. Por último, en la entrega uno se dona a sí mismo y se despreocupa de todo lo demás. No busca compensación, no hay recompensa. Carece de sentido dar con el propósito de recibir; das porque quieres, porque te nace de dentro, sin egoísmos, sin reticencias.
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