jueves, 5 de septiembre de 2013

Venganza

¡Justicia, quiero justicia!

Clama un adicto al amor. 
Pero nadie le escucha, nadie le contesta: luego piensa, nadie me quiere.

La no escucha, la "callada por respuesta" tiene muchas interpretaciones; pero solo una para el adicto al amor. 
El niño maltratado necesita "caricias", las palabras amables riegan su interior dandole vida, energia, calma.
El silencio, el tono agrio y ronco del otro, aviva su dolor, genera mas resentimiento.

El dolor se goza tambien, pero sino se comprende nos lleva a la ofensa. Y la ofensa debe ser resarcida!!! Craso error!!!

La venganza brota del propio dolor del que nos regodeamos una  y otra vez, destapando la herida, exponiendola aun mas a la crueldad de nuestros propios pensamientos.
¡Quiero justicia! Reclamamos; ¡Quiero sangre!

Pero al final del dia, cuando uno ya se ha vengado, el vacio se apodera de nuestro corazon, arrojando piedras del tamaño de un puño. Generando con ello mas rencor, mas miedo, mas violencia, un deseo mayor de que el otro pague su mal. ¡"Ojo por ojo, diente por diente"!

Asi hasta que ya no haya nada que rascar, hasta que el amor roto, resquebrajado, convierta nuestras  nuestras almas en una simple piel muerta y caiga en la nada.
Despues de esto, que????

¿Seguiremos pensando que ha valido la pena hacer justicia?......

lunes, 2 de septiembre de 2013

Caso 1


Voy a exponer a continuación un caso paradigmático de una paciente que llegó a mi consulta con el siguiente cuadro adictivo.
Una mujer de 44 años, divorciada, que mantenía una relación coadictiva con un adicto a la evitación, pero que en determinadas circunstancias se portaba como un adicto al amor.
Esta señora tenia un perfil psicológico algo complejo también, ya que a veces podía comportarse durante días o semanas como una adicta a la evitación, lo que equilibraba la balanza,pero ¿de qué modo?.
Podríamos decir que ambos mantenían su adicción con este doble juego, de ratón pilla al gato, unas veces ella era el ratón, otras lo era él. 
Y ademas solía presentarse en determinadas épocas del año, era curioso porque durante la segunda mitad de  la primavera y  el verano, el chico adoptaba el rol de ratón, a la vez que de adicto al amor, lo cual se veía incrementado cuando ella decidía que necesitaba  un poco de tiempo para si, o  cuando   se iba de viaje sola con sus dos hijos. En ese intervalo de tiempo, el solía cometer toda clase de fechorías, o sino, se conformaba con emborracharse o bien jugar a las maquinas. 
Ella se "acojonaba", y entonces lo echaba de su casa. Pasadas unas semanas, lo añoraba, lo echaba realmente de menos, y empezaba el juego de la seducción, hasta que conseguía de nuevo atraerlo a su redil. El se resistía, coqueteaba un poco con el deseo de ella, pero finalmente se entregaba. Era entonces cuando hacían un viaje muy  romántico y lleno de sensualidad , lo cual le devolvía a ella toda la convicción que le faltaba, "el era su verdadero amor, su hombre". Pero entonces, ocurría que él, ya estaba viviendo en casa de sus padres, algo mayores, y compartía su tiempo, energía y vida con su familia de origen.
Este hecho generaba en la mujer un verdadero delirio celotípico. No conseguía dormir, tenia tremendas pesadillas, disminuía su atención, sus ganas de vivir o siquiera mantener las cosas de la casa en orden, a veces incluso se ponía a gritar totalmente descontrolada. Esto es, retornaba a su papel de adicta al amor, su sentimiento de abandono junto con sus celos salvajes, hacían de ella una piltrafa emocional, incapaz de hacer nada con sentido común. Esta situación emergía en septiembre u octubre,  y se prolongaba hasta después de Navidad. Su comportamiento y actitud neuróticas, alejaban a su pareja, que se convencía entonces, de que estar con ella era prolongar la locura. 
Entre actos había momentos breves, muy breves de felicidad inmensa y absoluta, pero otros de crueldad y sufrimiento casi delirantes.

Tanto el como ella habían pedido ayuda psicológica e incluso el hombre acudía de vez en cuando a una organización terapéutica de atención a las drogodepencias, pero la situación no mejoraba.
Mas bien, empeoraba, los expertos se empeñaban en separar a la pareja. Era una relación tóxica, enfermiza. No era amor, sino dependencia, adicción. O sea que se drogaban con su amor, esto no les beneficiaba, lo dejaban, venia el mono, volvían a intentarlo, seguían luchando, así  hasta que el ciclo volvía a repetirse, una y otra vez. Eran incapaces de abandonar, desconfiaban de los terapeutas, y hacían bien. 
Porque ¿qué sabían ellos, sino tan solo pequeños retazos de sus vidas, y ademas interpretados, cada uno desde sus perspectivas?...¿hasta qué punto puede o debe un terapeuta aconsejar a un paciente  que abandone una relación? ¿quien vive en el pellejo de quien? ¿¿no sufren ellos mismos también sus desamores, no tienen sus problemas??

Yo como una terapeuta más, les interpele para que siguieran su instinto, porque nadie mejor que ellos sabían lo que sentían, cuando y porque. Y dada mi gran confianza en la terapia dialógica (reminiscencia de Platón), les hablé de lo importante que es aprender a comunicarse, y que la escucha activa, era la mejor herramienta para desvelar el misterio de sus respectivas conductas.
No hay mejor terapia para una pareja de estas características, que el diálogo.Si bien es importante que cumpla estas condiciones: 
1.Su amor sea sincero
2. Tengan verdadero deseo de conocerse y comprenderse el uno al otro.
3. Crean en sus posibilidades y se entreguen al dialogo como tarea permanente  y continua. Sin miedo y sin tapujos. Escuchar hasta lo que uno no quiere oír.