¡Justicia, quiero justicia!
Clama un adicto al amor.
Pero nadie le escucha, nadie le contesta: luego piensa, nadie me quiere.
La no escucha, la "callada por respuesta" tiene muchas interpretaciones; pero solo una para el adicto al amor.
El niño maltratado necesita "caricias", las palabras amables riegan su interior dandole vida, energia, calma.
El silencio, el tono agrio y ronco del otro, aviva su dolor, genera mas resentimiento.
El dolor se goza tambien, pero sino se comprende nos lleva a la ofensa. Y la ofensa debe ser resarcida!!! Craso error!!!
La venganza brota del propio dolor del que nos regodeamos una y otra vez, destapando la herida, exponiendola aun mas a la crueldad de nuestros propios pensamientos.
¡Quiero justicia! Reclamamos; ¡Quiero sangre!
¡Quiero justicia! Reclamamos; ¡Quiero sangre!
Pero al final del dia, cuando uno ya se ha vengado, el vacio se apodera de nuestro corazon, arrojando piedras del tamaño de un puño. Generando con ello mas rencor, mas miedo, mas violencia, un deseo mayor de que el otro pague su mal. ¡"Ojo por ojo, diente por diente"!
Asi hasta que ya no haya nada que rascar, hasta que el amor roto, resquebrajado, convierta nuestras nuestras almas en una simple piel muerta y caiga en la nada.
Despues de esto, que????
¿Seguiremos pensando que ha valido la pena hacer justicia?......

La justicia no esta en pedir mas, sino en comprender que el otro nos dara desde su propia y particular capacidad.
ResponderEliminarSi no controlamos nuestra sed de justicia, dificilmente aceptaremos la dádiva del otro, pues el otro da desde sus propias carencias y limitaciones.
La clave esta, desde mi punto de vista, en la empatia.
No obstante, los adictos no ven con los ojos de la empatia, sino con los de sus heridas abiertas, mal cicatrizadas.
¡Es hora ya de trabajarse para no caer en la espiral de la incontinencia!