viernes, 14 de diciembre de 2018

La vida del profe

Hola,

Mis muy estimados amigos y amigas:

Desde el aula, descanso en mi sillón,
Esperando pasar una vez más una jornada tranquila.
Despejada la mente.
Vacio el odio,
No hay ira, no hay tensión.
El clamor de la fuente silencia mis pensamientos
y tu rostro enseguida viene a mí.
Nos encontramos en el pasillo.
Se cruzan las miradas.
Ángel, dulce ángel del cielo,
divina locura de amor que traspasa el corazón.
Qué tarde es ya
para empezar,
y que pronto para acabar.
Mueves las alas, y
 mi mirada se eleva por encima del cielo y las estrellas:
Infinitud.
¿cómo negarla?



¡Cuánta estupidez hay en el mundo!
¡y cuanta ignorancia!

El infinito es lo inefable, lo inaprensible, lo inmutable,
pero no lo imposible.
Responde a nuestro anhelo innato de eternidad.

Búsqueda, búsqueda incensante entre las olas, que
no alcanza a completar su obra.
Porque solo tú Señor la completas,
le das valor.
Enseñas que todo vale la pena, y que está pleno de sentido.
Ni la muerte, ni la distancia alcanzan jamás al amor.
El amor se revela a nosotros como algo inefable, transcendente, imperecedero.

Bien lo saben algunos filósofos, y algunos elegidos,
Elegidos por tí.
San Pablo, Santo Tomás de Aquino, San Juan Pablo II, Edith Stein, Simone Weil, María Zambrano, y tantas otras.


Hoy asomada a la ventana de mi aula, descansando en el sillón, un día cualquiera de un mes cualquiera, de una temporada cualquiera, me pregunto:
¿Por qué la juventud de hoy no se asoma al laberinto de la contemplación?
¿Acaso hemos dejado de ser personas?
¡Y lo hemos permitido!

¡Cuánta ingratitud! ¡Cuánto silencio!
¡Cúan cómplices hemos sido los maestros !
Por no romper aún a costa de nuestro sosiego
el alma envenenada de la concupiscencia,
inoculada en las redes de nuestra más íntima conciencia.
Soterradas cual serpientes laberínticas desvanecidas en la apariencia del más inofensivo placer.

¿¡Y lo hemos permitido!?

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