Ese que emborracha. Que no se aleja con la ausencia, sino que embelesa en la distancia, cobrando forma y hondura.
Ese que acompaña, que entretiene, que duele, de cuando en cuando, pero al que no renunciaríamos por nada.
Ese que aun en la traición, en el olvido, vuelve, fortalecido, cual retoño cada primavera.
Ese que no cansa, no agota, nunca atormenta.
Un amor divino. Un amor, vivido desde lo hondo de uno mismo.
Porque aun queda el amor permanente, incluso tras la muerte.
Mas no es un amor prohibido, ni desgastado ni tampoco mancillado por la disputa o el rencor.
Es un amor vivo, presente, urgente, voluntarioso. Que se ejerce con la mirada, la palabra, la caricia del alma.
Un amor siempre joven, siempre ardiente; Único y maravilloso.
Físico y trascendente al mismo tiempo; Sin ser sensible, materialmente. Toca tus sentidos y te emociona.
No hablo de algo abstracto e imposible. Al contrario, hablo de la esencia del amor verdadero. El amor que llena y plenifica; Centrado en los momentos, los detalles, los ritos, los gestos, los susurros.
Al alcance de cualquiera, si superas la barrera del miedo, del qué dirán y de lo sensible. No es un amor sexual, pero sí erótico. Porque cautiva, exalta la imaginación. Pero no actúa, no ataca, no aborda la piel. Se queda fijo en la presencia, el diálogo y la escucha atenta a la necesidad del otro.
Es un amor de entrega total y absolutamente.
La entrega del alma.

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