miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Se puede amar de manera intermitente?

Clara, una amiga de mi madre, dice que sí.
Ella se sintió poco amada por su propio padre. De hecho, diría que nunca se sintió del todo amada, por nadie especialmente, o lo que es lo mismo, incondicionalmente.

Al cabo de los años, ésta mujer entabló amistad con un chico que solía frecuentar el mismo gimnasio que ella. Éste resultó ser muy simpático, la hacía reír, la invitaba a tomar café y hasta en más de una ocasión se ofreció a hacer de canguro.
Clara, se sintió por primera vez en su vida,  amada, de verdad. Así que no tuvo en cuenta algunos detalles que él le revelo, tales como: "que había sido drogadicto, en su juventud, y que por error había pasado unos pocos años en la cárcel".
Ella no podía creerlo, dado que, en ningún momento mostraba mal carácter, ni falta de criterio o juicio.

Poco a poco, Abelardo,  se coló en su corazón, hasta el punto de que ella pensó, incluso, en casarse.
Tres años más tarde, de manera inexplicable, y a raíz de una de sus tantas discusiones, él cambió totalmente de conducta. Ya no iba a visitarla, y cada vez, que iba, lo cual  era poco frecuente, se mostraba receloso, reservado y taciturno.
Ella sintió pánico,  en el fondo intuía  que eso no estaba funcionando, aún con todo, se negó a ver los avisos y advertencias, en un afán por controlar la situación, cuándo en verdad, estaba siendo ella la que andaba muy descontrolada emocionalmente.
Él le daba una de cal y otra de arena, argumentando que estaba cansado o harto, y que discutían mucho. No se atrevía a dejarla, pero tampoco a abandonarla del todo. Así que comenzó una espiral de tira y afloja.
Clara se encontraba cada día más enferma, no comía casi, había perdido el apetito, sin embargo, se aferraba a la relación. No quería soltarse. Pensaba que se iba a arreglar, no podía sufrir de nuevo otra decepción, así que luchaba y luchaba. A nivel inconsciente pensaba en su padre.

A esto llamo yo relación de "amor intermitente". 

A fuerza de perseverancia, consiguió que él permaneciera a su lado casi 4 años. Pero ¿a qué coste?
No se sentía satisfecha, su vacío iba en aumento, a la par que su patología. 
Lo persiguió, suplicó, se humilló, lo convencía para volver, para no sentirse abandonada, pues ése era su mayor temor.
Sin embargo, su abandono era cada vez más real,  pero ella se negaba a escuchar las alarmas. Renegaba hasta de su propia intuición.
Y en cada abandono, se hundía más y más en la depresión.
Al preguntarle yo, por qué esa insistencia tan enfermiza, me habló de su padre, y de cómo había amado él a su mujer.
Entonces, a la vez que recordaba y reflexionaba en voz alta, fue siendo consciente de que estaba repitiendo el mismo patrón, pero con mayor resolución y recursos, que sus padres, pues ella sabía mucho de psicología.

Le sugerí que pensara en sí misma, para variar, y analizara cuáles habían sido los momentos de mayor felicidad en su vida, y si, habían tenido lugar antes  o después de conocerle.
La idea era, que tomara conciencia, de cuán feliz podía ser sin el amor del padre, del marido o del amigo. Amándose y aceptándose ella sola, incondicionalmente, podría resolver el jeroglífico. 
Comprender que el principal amor es el que no se exige, sino el que llega. Empezando por darse ella a sí misma amor, porque el secreto de la felicidad no está en lo que se tiene o deje de tener, sino en el control de los deseos irracionales e imposibles.
Ella sigue luchando, pero para sí misma, desde luego.
Un fortísimo abrazo a mi gran amiga Clara.

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