miércoles, 22 de abril de 2015

Olvido

Olvido de ti
Olvido de mi
Olvido de un nosotros que nunca existió.

Me comentaba una amiga no hace poco la reflexión a la que había llegado:
Si la clave para que desaparezca el dolor, el vacío, está en el olvido, ¡ que venga ya!
Más tampoco podemos forzar nuestras emociones hasta ese punto. Una de las tragedias de la idiosincrasia humana es nuestra incapacidad para querer o dejar de querer, recordar u olvidar a nuestra voluntad, porque nos conviene o acaso  nuestro bienestar depende de ello.

¿Podemos aprender a olvidar?
¿Qué necesitamos para olvidar?

Una de los remedios pasa por evitar la situación o a  la persona que queremos olvidar y centrarnos en otras cosas. "Aislarnos" mentalmente puede no ser suficiente, sobre todo si la razón de nuestro "malestar" estriba en una obsesión o incluso adicción. Hay que irse, alejarse físicamente también del "problema" o asunto que nos embebe el alma. En definitiva, romper.
Esto es lo que hacen algunas personas, cuando termina su relación de pareja. O cuando no pueden soportar más a su jefe. Se van, con una baja laboral,  o bien, se enfrascan en otra relación amorosa, o bien, se cuelgan con cualquier otra adicción. Se "entretienen" con los videojuegos, salen de fiesta, practican algun deporte de riesgo, se vinculan a alguna asociación o comunidad. En definitiva, buscan la evasión o huida de la situación problemática.
Porque afrontar el dolor de la separación, mirar la realidad tal cual es, tomar conciencia de su fragilidad, de su imposibilidad de control, de su impotencia para cambiar las cosas resulta a veces demasiado duro y nos puede la presión de la desesperanza.

¿Qué hacer?

Si terapéuticamente hablando tenemos que afrontar nuestros miedos, someterlos a la reflexión, tomar determinación, actuar en base a la voluntad libre, sin dejarnos esclavizar por nuestras pasiones, pues, lo tenemos crudo.
Echemos para el lado que echemos, nos toca sufrir, esto es, nos toca tolerar lo "intolerable", que somos nosotros mismos, nuestro deseo no satisfecho, nuestro goce frustrado. Nuestro anhelo volcado en la ausencia, el vacío, la nada.

¿Qué queda?

La aceptación de nuestros límites sin culpabilidad, perdonándonos por ser quiénes somos y amar lo imposible. Hay que violentar nuestras emociones, forzarlas al reconocimiento de que lo real no depende exclusivamente de nosotros, sino del juego comunitario, y que forzar al otro no es compatible con el valor del respeto y la dignidad humanas.
¡Gran tarea ésta!

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