El viaje como evasión- adicción-:
Érase una vez una chica que estaba enamorada de Japón. Pasaba horas y horas pensando y repensando cuándo y cómo sería ese viaje. De hecho, no paraba de comprobar por medio de las agencias de viaje en Internet, el coste del mismo, los horarios, los precios de los billetes, los hoteles más baratos, frente a los más costosos, si haría frío o calor, pero lo que más la preocupaba era con quién haría ese viaje increíble.
Érase una vez una chica que estaba enamorada de Japón. Pasaba horas y horas pensando y repensando cuándo y cómo sería ese viaje. De hecho, no paraba de comprobar por medio de las agencias de viaje en Internet, el coste del mismo, los horarios, los precios de los billetes, los hoteles más baratos, frente a los más costosos, si haría frío o calor, pero lo que más la preocupaba era con quién haría ese viaje increíble.
Digamos que soñaba despierta con lugares exóticos y divertidos a los que podría ir, acompañada de su padre.
Su padre no podía nunca acompañarla (él por su cuenta viajaba mucho, -casi nunca estaba en casa, tenía miles de compromisos), y eso le generaba una gran tristeza. Por ello, solía contemplar varias posibilidades,-infinitas- e insistía de mil maneras, para ver si por fin conseguía sacarle el sí.
Mientras tanto se refugiaba en sus lecturas, algunas de ellas filosóficas, otras psicológicas y últimamente religiosas, llegó a creer que si le rogaba a Dios suficientemente y con todas sus fuerzas, conseguiría su objetivo. Después de todo, tampoco estaba pidiendo algo tan imposible. Tan sólo quería compartir unos bellos, hermosos momentos junto a la persona que en ese momento más significaba para ella, -su padre-.
¿Y por qué su padre, os preguntaréis?
Porque durante años, la figura del padre había permanecido oculta, invisible, misteriosa para ella. De repente un día lo descubrió y ya nunca más quiso separarse de él. El problema estaba en que su padre no era libre, era su padre, sí, tanto y tan poco a la vez, mas no podía dejar atrás sus obligaciones, responsabilidades, abandonándolo todo para irse a viajar por el gran mundo.
Ora ella lo entendía, pero no lo aceptaba; ora lo aceptaba, pero no lo entendía. Y volvía a insistir, llena de esperanza, en la idea de que algún día lo conseguiría.
¿Por qué necesitaba tanto viajar?
El viaje representaba un camino, el camino de su salvación. Su salida al mundo, su descubrimiento, su aletheia.
El mundo dejaría de atemorizarle, dejaría de ser su enemigo, si lo descubría, si lo aprehendía.
Pero no quería iniciar esta andadura sola, necesitaba un guía, una mano amiga, un torso sobre el que recostar la cabeza cuando se agotara, a la hora del ocaso, tras un largo día caminando entre ruinas y monumentos, retratos y fuentes.
El camino es sinónimo también de desarrollo, de progreso, de crecimiento, y ella no quería quedarse estancada, necesitaba seguir luchando para alcanzar un nuevo peldaño en su ascenso dialéctico.
Requería igual que los prisioneros de la caverna el sabio ejemplo del filosofo y/o del padre, pues hacía tiempo que había reconocido en éste no ya solo a alguien a quién amar fraternalmente, sino a alguien en quien confiar hasta la propia vida.
¿Qué hará pues para lograr convencerle?


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ResponderEliminarEl camino más fácil no siempre resulta ser el más exitoso. A veces hay que ir por el camino angosto. O simplemente "joderse" y aguantarse.
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