jueves, 1 de enero de 2015

¿Por qué no nos hacen caso?

¿Me llamas por teléfono?


Cuando todo falla, ¿qué nos queda?
Cuando el cielo se pone, ¿qué nos queda?
Cuando pierdes el tren del amor ¿qué te queda?


Estaba yo pensando,  después de una larga jornada, como siempre, en la penumbra de mi habitación, si habrá o no habrá Dios.

En estos días de vacaciones navideñas, en algunos hogares, la soledad se siente penetrante, igual que la desesperanza y la nostalgia. Es entonces cuando resuena el egoísmo de algunos familiares, amigos o conocidos, con los que hemos compartido, mas de eso pasó ya algún tiempo.
Uno se pregunta, ¿qué será de aquél o de éste?, le invoca, quisiera saber de él o de ella, pero abandona la idea, apenas formulada y no le llega a llamar. ¿Falta de coraje? ¿Orgullo?
 Tampoco dejo de asombrarme ante el cinismo de otros, que aún después de haber vivido experiencias y momentos bonitos, se dan la vuelta y miran hacia otro lado.

¿Por qué será?

¿Es acaso un signo de nuestro modo de vivir el presente?

¿Pasaremos a la historia por ser una sociedad individualista, adictiva y deshumanizada??

Quizás.

Pero yo aún prefiero optar por el optimismo y seguir creyendo que todo es cuestión de tiempo y que las grandes promesas no pueden ser cumplidas al instante sino que requieren de nuestra fe en el ser humano y por ende en nosotros mismos, -algunos también pudieran creer que la respuesta se haya en Dios-. 
Para dar mayor valor a la espera hay que alimentarse del amor a los ideales y los principios que uno mismo se ha forjado. En definitiva, aceptar que no siempre sucede lo que uno quiere y cuando lo quiere, sino que cada cosa tiene su momento, su lugar y su cuándo.

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