sábado, 1 de noviembre de 2014

Compromiso

Relato de una mujer comprometida



Pocos días después de conocerle, impactada por el magnetismo seductor que irradiaba a su alrededor,  sintió deseos de borrar todo atisbo de ese sentimiento poderoso que la mantenía absorta de sus otros asuntos cotidianos, pero urgentes. 
Se preguntaba, qué podía hacer para aminorar su sed de amor por aquél hombre.
Su juventud y su fuerza, no eran de gran ayuda, antes bien, contribuían a alimentar ese fuego devorador, esa pasión apenas contenida. Mientras tanto, él permanecía ajeno o disimulaba su interés, lo cual le hacía aún más atractivo a sus ojos.

Pasaron unas semanas, después de aquél primer encuentro, hasta que finalmente marcharon para el monte de Espuña, a pasar 15 días como monitores de ocio y tiempo libre. Era la ocasión perfecta, se dijo ella.
Sentía que su corazón iba por un lado, mientras su mente por otro. No había manera de conciliar a ambos. Afortunadamente en el campamento había mucho que hacer, así que entre actividades, talleres, juegos, piscina y demás eventos, pasaban los días muy rápidos. Hasta que se produjo el encuentro "radical" entre los dos. 
Era obvio que ella se hacía la encontradiza, y le seguía los pasos, hasta se ofreció voluntaria para acompañarle  en la tarea de repartir la merienda a los muchachos. Pero esa noche, fue especial,  una vez  acostaron a los niños, el resto de monitores se retiró a su lugar de reunión habitual. Ella parecía indecisa, pues esperaba a ver qué pasaba, soñaba con ese retazo de intimidad, en soledad, con su idolatrado "amante" virtual. Por fin, él pareció entenderlo y le pidió le acompañase a dar un paseo por los alrededores, había luna llena, así que parecía bastante seguro caminar durante la noche por el monte. Mientras caminaban se cogieron de la mano, hasta llegar a un punto del camino, dónde se orillaron y tumbaron sobre la tierra húmeda, aún caliente después del "solazo" del día. Ella se inclinó sobre él propiciando surgiera ese primer beso de amor, cálido, ardiente, ansioso, tierno, dulce, inocente y lascivo a la vez. 
Ambos eran muy jóvenes, con un corazón inmaculado, todavía no marcado por las heridas profundas de la decepción, vivo, animoso, para emprender la "batalla" del amor intenso.

Años después la pareja se casó. Sin apenas conocerse, pues nunca llegaron a convivir, sin distinguir siquiera qué era aquéllo que les unía y qué no. La vida fue haciendo mella en sus conciencias y sus corazones. Hasta que de repente, un día ella se sintió profundamente herida, humillada, despreciada, apartada, alejada del cuerpo caliente de su "amor", subyugada, preguntándose por qué "su marido" la rechazaba día y noche, y  por qué, ¡Dios mío!, quedaba su seno huérfano y sus abrazos amorosos vacíos????

¿Qué había sido de su compromiso?
¿Dónde quedaba su pasión, congelada,  herida por el rechazo?
¿Qué hacer ahora ella con su orgullo maltratado??

Como es obvio, la pareja fue deshaciendo, de-construyendo poco a poco su relación, hasta que  finalmente acabó en divorcio. 

¿Adónde me lleva "esta historia"?

Mi reflexión trasciende la "utilidad", las apariencias, la forma, atiende a la profundidad del desapego,  se hermana con el vacío espiritual y físico que sufren, actualmente, la mayoría de las personas de nuestra sociedad. 
La palabra compromiso causa espanto, no se comprende siquiera, uno se desespera enseguida, cuando no  satisface el propio y perentorio deseo del ansia infantil maltrecha. ¿Y qué nos sucede cuando éste no se contenta? Pues que abandonamos, desistimos, nos des-comprometemos, asustamos y huimos a tierras lejanas; La vida, pues, se convierte en una huida constante de nosotros mismos, de ahí el desapego,  por eso el desconsuelo,  el vacío radical inherente a la misma especie.
¿Quién fuera inmortal, para rectificar esa huida? ¿Quién santo para nunca necesitarla?
La vida en comunión, comprometida, diaria, duele, y el sufrimiento no lo quiere nadie. Pero lo que no sabemos o no queremos darnos cuenta es de que una vida plena, implica dolor, como ya advirtieran muchos filósofos, Kierkeggard, Nietzsche, Shopenhauer, Epicuro, entre otros. O si no pregúntenselo a Jesús de Nazaret.
La vida plena de sentido -Victor Frankl- es una vida con sentido. Esto es, comprometida de raíz con uno mismo, su tarea y las personas con las que convive. De otro modo, el sinsentido conduce a la ausencia de felicidad, y éste no es el fin último del ser humano, parafraseando al mismo Aristóteles.

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