Ella le dice a Él: Hagamos un trato: -Tú no me miras a mí, y yo no te miro a tí-
De acuerdo, ¿Pero, de verdad, quieres hacerlo? ¿Nos bañamos?
(-Su expresión es de sorpresa, cierta incredulidad, mas su interés no es otro que el ideal de servir a los demás, con pequeños gestos, pequeños actos de amor y comprensión, así que accede-).
(-Su expresión es de sorpresa, cierta incredulidad, mas su interés no es otro que el ideal de servir a los demás, con pequeños gestos, pequeños actos de amor y comprensión, así que accede-).
Sí por supuesto, responde ella.
Apenas se introduce en el agua, sale corriendo. La vergüenza y el frío la atenazan. Piensa, lo que aleja de sí la inocencia y la espontaneidad.
Él se queda un poco más, hasta que finalmente se levanta y camina hacia la hierba. Desnudo, hermoso, parece un dios griego o azteca. Una mezcla de los dos. Resplandece de bondad. Su quietud y su calma sacian la tristeza de cualquier mujer.
¿Dónde está el morbo?
En la imaginación, claro. Y en lo inverosímil de la situación, pues ella es carmelita, él dominico.
Pero, ¿hacen el amor?
No, es pecado. Mas tampoco hace falta, ya que su amor es trascendente y trascendental. De ahí su fuerza. De ahí, su inconmensurabilidad. Eterno.
El morbo no ocupa el espacio de lo real, sino de lo figurado. Tanto más morbo cuanto mayor tu nivel de represión e hipocresía. La entrega desinteresada nunca causa sospecha.
El morbo no ocupa el espacio de lo real, sino de lo figurado. Tanto más morbo cuanto mayor tu nivel de represión e hipocresía. La entrega desinteresada nunca causa sospecha.


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