domingo, 16 de noviembre de 2014

Morbo






Un hombre y una mujer, desnudos, una poza de agua fría en el río,  finales de otoño. 
Ella le dice a Él: Hagamos un trato: -Tú no me miras a mí, y yo no te miro a tí-

De acuerdo, ¿Pero, de verdad,  quieres hacerlo? ¿Nos bañamos? 
(-Su expresión es de sorpresa, cierta incredulidad, mas su interés no es otro que el ideal de  servir a los demás, con pequeños gestos, pequeños actos de amor y comprensión, así que accede-).

Sí por supuesto, responde ella.
Apenas se introduce en el agua, sale corriendo. La vergüenza y el frío la atenazan. Piensa, lo que aleja de sí la inocencia y la espontaneidad.

Él se queda un poco más, hasta que finalmente se levanta y camina hacia la hierba. Desnudo, hermoso, parece un dios griego o azteca. Una mezcla de los dos. Resplandece de bondad. Su quietud y su calma sacian la tristeza de cualquier mujer.

¿Dónde está el morbo?

En la imaginación, claro. Y en lo inverosímil de la situación, pues ella es carmelita,  él dominico.

Pero, ¿hacen el amor?

No, es pecado. Mas tampoco hace falta, ya que su amor es trascendente y trascendental. De ahí su fuerza. De ahí, su inconmensurabilidad. Eterno.

El morbo no ocupa el espacio de lo real, sino de lo figurado. Tanto más morbo cuanto mayor tu nivel de represión e hipocresía. La entrega desinteresada nunca causa sospecha.


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