Sucede que en algunas ocasiones uno desea tener notoriedad.
Sentirse amado, aclamado, deseado, admirado, envidiado ....
Hoy en dia hay un afán enorme por salir en los medios de comunicación.
Programas como EL Gran Hermano, Hombres, mujeres y viceversa, y otros reality shows acaparan el mayor número de audiencia.
¡Ansia de ser famosos!
Las redes sociales proporcionan un pedestal hacia el éxito fácil, vertiginoso, pues ahora, ya no hay tiempo para "currarse" las cosas. Entendemos que ¡cuánto más rápido sea, mayor su poderío!
A ver quién tiene más seguidores en Twitter, Facebook o en algún blog. Genera el mismo tipo de necesidad o dependencia que la adicción a la fama.
Como afirma Carmen Posadas en su artículo del Semanal "lo que Internet revela de los recovecos de nuestra mente es tan fascinante como variopinto..."
Como afirma Carmen Posadas en su artículo del Semanal "lo que Internet revela de los recovecos de nuestra mente es tan fascinante como variopinto..."
La fama es un valor que ocupa en al actualidad un lugar demasiado importante en nuestras vidas. No queremos el anonimato.
Nos duele, porque se nos representa como "pérdida de sentido o de valor" ¡Pobre de nuestra autoestima!
El autoconcepto que uno adquiere depende entonces del "ser reconocido" pero no del reconocimiento por lo que somos, sino por lo que tenemos o aparentamos tener.
¿Qué se esconde detrás de nuestro ansia de notoriedad?
Soledad, vacío, carencias,.. Pensamos que si los demás se fijan en nosotros y nos envidian, llenaremos nuestra necesidad de reconocimiento, nuestra angustia ante la muerte, el sinsentido de nuestras vidas. En los prolegómenos del libro El monje que vendió su Ferrari de Robin S. Sharma, encontramos algo parecido a la búsqueda continua, persistente por darle un valor a quiénes somos desde fuera de nosotros mismos.
Está bien buscar ayuda, desde luego, leer, estudiar, entretenerse, sin embargo, estas actividades no hacen que te sientas menos perdida. A veces, llenan, sí, un tiempo, un espacio, una realidad, pero no basta.
Podemos acudir a Dios, y establecer con El una relación personal que sacie nuestro vacío, pero no podemos olvidar que somos personas de carne y hueso, y que nuestra necesidad no siempre puede colmarse con los bienes espirituales, importantes, sí, necesarios, también, pero a fin de cuentas invisibles. A no ser que seamos como Sta. Teresa de Jesús, y vivamos el éxtasis de la unión con Cristo, nuestros deseos y aspiraciones más físicos no podrán ser nunca satisfechos con plenitud.
Entonces, qué?
¿No hay remedio para nuestras almas?
¿Hemos de sufrir la condena de un eterno vacío consustancial, connatural a la especie humana????
Acaparar, retener, poseer lo mejor, materialmente hablando, fama, éxito, placeres, para ¿¿¿¿vivir significativamente nuestra existencia????
Suena tan grotesco, tan inauténtico, tan pragmatico, ....
No, no es ahí dónde hay que buscar.
Uno tiene que aprender a tolerar la frustración, a relajarse, a pesar de lo malo, las ausencias y los sinsabores de la vida. Aprender a amar de manera incondicional, sin esperar reciprocidad instantánea, con confianza, porque quién da siempre recibe, pero sin prisa, sin angustia, sin exigencia.
La exigencia de la impaciencia, junto con el arrepentimiento es lo que devora nuestros momentos de paz, nuestra alegría y nos deja indiferentes frente a la cotidianeidad y lo sublime de ésta. Nos impide apreciar la verdadera "alma" inscrita en esa sonrisa, esa palabra amable, esa dedicatoria.

No hay comentarios:
Publicar un comentario