martes, 11 de noviembre de 2014

Mentiras

¡Qué fácil es mentir algunas veces!
¿Somos siempre conscientes de que lo estamos haciendo?


¿Medimos las consecuencias?



Me viene a la memoria la célebre "paradoja del mentiroso"; Epiménides fue un legendario poeta filósofo del siglo VI a. C. Se atribuye a éste el haber afirmado:


Todos los cretenses son unos mentirosos.
Sabiendo que él mismo era cretense, ¿decía Epiménides la verdad?


- ¿Qué sucede cuando nos mienten? ¿Cómo nos sentimos? ¿Estafados? ¿Recelosos? ¿Utilizados cual objetos?

 ¿Por qué mienten los niños? ¿Cuándo empiezan a mentir?
¿Es algo aprendido, o bien, innato?
¿Puede resultar, en ocasiones, "inteligente" mentir? ¿Resultado de la evolución biológica, o como diría Dawkins, una estrategia que contribuye a nuestra supervivencia?

En un texto que leí ( de cuyo nombre no puedo acordarme), se afirmaba que a los niños no les gustaba nada que les llamesen mentirosos. De hecho, una de las bromas más crueles a la que se ven sometidos en el patio del colegio es que los acusen de mentir, algo similar sucede con lo de "chivatos".
Expuestos a la burla, ridiculizados y acosados por los temperamentos más provocadores, ora ocultan su malestar tras la cara risueña o desvergonzada, ora adoptan la figura de niños maltratados y denostados por sus compañeros. 

En nuestra cultura pensamos que "mentir" puede ayudarnos a resolver nuestros problemas o dificultades, o que a veces, nos saca de un apuro.
Frente al dilema de "decir o no la verdad" a nuestra madre enferma de cáncer, por ejemplo,  hay varias opiniones. Según Kant, no habría que mentir, ya que no podemos legitimar la universalización de ésta conducta. Una sociedad que acepta la mentira se aleja del imperativo categórico. Desde otra perspectiva,  la madre expuesta a la verdad del diagnóstico se vería doblemente afectada, una por la enfermedad, otra por la irreversibilidad del proceso que la lleva a la trágica muerte anunciada.
Según la opinión popular, es preferible ocultar los hechos y mentirle, para que pueda "disfrutar" de sus últimas semanas o días en paz.
La medicina actual apuesta por desvelar los hechos, primero a los familiares y posteriormente a los enfermos. Si bien, en este tema hay posturas enfrentadas, y la praxis no siempre coincide del todo con los principios de la ética profesional establecidos. O sea, que cada uno hace de su capa un sayo (afortunadamente).

Pero ¿ Y la mentira impulsiva? Cuando nos sorprenden in fraganti cometiendo algún acto desleal;  ¿Una infidelidad, por ejemplo?
Y luego están los mentirosos compulsivos, aquéllos que mienten "por defecto" siempre y bajo cualquier circunstancia, sin conciencia, por hábito, o por debilidad de carácter, o debido algún trastorno como fácilmente afirmaría algún psiquiatra.

En momentos como éstos, no medimos las consecuencias de nuestros actos, no preguntamos si vamos  o no a herir a alguien, tampoco si  vamos a perjudicarnos a nosotros mismos.

 Pudiera uno creer que "las mentiras piadosas" no hacen daño, sin embargo, la falta de honestidad, la ausencia de honradez repercuten en nuestro ego, en nuestro autoconcepto y nos impiden enfrentarnos al obstáculo, lo que, por otro lado,  podría ser una oportunidad para superar nuestros límites,  o realizar algún cambio que hemos de llevar a lo real pero no nos atrevemos por miedo o por pereza.

¡Hipócritas, sociedad de embaucadores, que si no es la publicidad.!
¿Se ha convertido la mentira, acaso, en otra de nuestras míseras y miserables adicciones???
Preguntémosle a un político, o a un ladrón, o a un adicto al sexo, o a las drogas, a un médico negligente, o a un sacerdote pederasta. ¿Por qué mienten?

¿Por que mientes tú? 
Te has parado a pensarlo en serio.



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